Mi propósito como apicultora no es solo cuidar las abejas, lo que me emociona profundamente es acompañar a las personas a descubrir su mundo y ver cómo cambia su mirada.
Luisa Rivera, es una joven que nació en zona rural de Choachí, somos vecinas de vereda.
Llevé a Luisa y a su papá Cesar a revisar las colmenas conmigo. Como muchas personas, Luisa les tenía miedo a las abejas, pero poco a poco, ese día sosteniendo los marcos en sus manos, observándolas detenidamente pudo conocer de cerca a la reina, a las obreras, descubrir en el fondo de la celda la postura, reconocer diferentes tamaños de las larvas. Y mientras Luisa veía a las abejas yo podía ver su cara de asombro, su sonrisa nerviosa, esa emoción al tener un encuentro real con las abejas, el miedo se transformó en asombro y mucha curiosidad.
Este es uno de los instantes más satisfactorios de mi labor, porque enseñar sobre ellas no es sólo compartir conocimientos; es abrir una puerta para que otros las comprendan, las respeten y quizás también se enamoren de este maravilloso mundo, como me pasó a mí, porque las abejas son pequeñas-grandes maestras y poder acompañar ese descubrimiento es un privilegio enorme.